jueves, 22 de noviembre de 2007

CUENTOS DE NELSON AGUILERA - EL POMBERO CONVERTIDO AL CRISTIANISMO Y OTROS CUENTOS

EL POMBERO CONVERTIDO AL CRISTIANISMO

Había una vez un Pombero muy viejo, pero muy viejo, que vivía en las selvas de Ka’aguasu. Era un Pombero paraguayo, morocho, petiso, retacón y de larga cabellera. No tenía ningún parecido con el Pombero argentino, que según dicen es rubio y de ojos azules. ¡No! Este Pombero no tenía relación alguna con los Pomberos del MERCOSUR. Su origen era incierto.

Algunos pensadores afirman que fue traído del África juntamente con los esclavos negros. Otros antropólogos y lingüistas aseveran que el término “pombe” tiene resonancias de lenguas africanas, por lo tanto, la teoría de que este Pombero paraguayo proviniese de alguna casta negra era posible, porque en su juventud le gustaba fabricar tambores de troncos de tembetary y bailotear sobre las copas de los árboles en las noches de tormentas.

Ahora en su vejez vivía de una manera tradicional: robando huevos de los gallineros, tomando agua de los manantiales y fumando los cigarros poguasu que le dejaban en las horquetas de los árboles. No se privaba de las guaripolas que le ayudaban a olvidar los tormentos nocturnos y el duro trabajo de asustar a la gente, y en especial a las mujeres, que según las malas lenguas, siempre quedaban embarazadas de él, aunque el casto Pombero no hubiera tenido participación alguna en el acto de gestación.

El pobre Pombero estaba con ganas de jubilarse. Ya demasiado tiempo trabajó en las selvas paraguayas. Hoy, con la tecnología y los corruptos que van talando los quebrachos y los petereby, se siente invadido, cansado y pisoteado en su dignidad de guardián de los bosques de donde hasta sus amigos los indígenas; fueron expulsados hacia las ciudades para perderse en las calles de la discriminación, del hambre, del ultraje y del olvido.

Este viejo Pombero vio el surgimiento del Paraguay. Fue testigo de las guerras guaraníticas, de la presencia española en estas tierras, de la caza de indios, del paraíso jesuítico; de las primeras ideas de libertad, de la oscuridad francista y de la locura lopista.

A él le divirtió bastante la opresión del Dr. Francia. Cuando llegaba la noche y todos los paraguayos se aislaban en sus casas a él le encantaba salir a pispar por las ventanas, lanzar un largo silbido y erizar la piel de la gente. Se reía sin parar cuando escuchaba la famosa advertencia paraguaya: “Hake karai pyhare”. Se sentía tan poderoso como el mismísimo supremo, a quién en más de una ocasión trató de asustar pero el asustado fue él porque el Dr. Francia no le temía a nada ni a nadie. Él era el miedo personificado del pueblo.

Este ajado Pombero también presenció el aniquilamiento del pueblo paraguayo, la masacre de los niños en Acosta Ñú, la muerte de López en Cerro Cora, los deseos de la posguerra de resurgir de las cenizas, las revoluciones y los circos políticos, las mentiras y las pocas verdades del pueblo paraguayo.

Amaba al Paraguay entrañablemente y nunca aceptó la invitación de los otros Pomberos de la región para abandonar las selvas paraguayas. El Paraguay era su principio y su fin, su ilusión y su desengaño, su vida y su muerte.

Una noche cuando el viento sur soplaba con rabia y todos se resguardaban en sus casas de ladrillos a mirar televisión, el anciano Pombero se acercó a una de las casas de Ka’aguasu. Miró por la ventana y vio que una niña rubia de ojos celestes miraba un programa infantil por cable. Pensó: A ésta la voy a asustar para que vaya a dormir. ¿Qué hace una niña sola mirando televisión a las doce de la noche? ¿Dónde están sus padres? ¡Esto no puede ser!

Comenzó a imitar a un pollito piando alrededor de la casa y a lanzar sus prolongados silbidos. ¡No puede ser! Mamá se olvidó de meter los pollitos al gallinero y seguro que ese silbido proviene de alguna araña hambrienta. Se levantó, abrió la puerta y salió al patio decidida a guardar a los polluelos. En ese instante el Pombero sacudió un gran árbol de kurupika’y. ¿Y ahora qué? No puede ser que el mono de Juan se haya escapado a esta hora de la noche. Mono, monito…bajate del árbol. Pero esta niña no tiene miedo para nada. Tengo que buscar otra estrategia. Ya sé. Y comenzó a tirarle piedras. La niña ni se inmutó. Mono, monito… no seas travieso. Vení aquí, no se tira piedras a la gente. Tenés que ser bueno, monito.

El Pombero estaba atónito. Los ojos casi se le salían de la sorpresa. Pero…pero…no puede ser. En mis casi mil años que llevo por estas tierras jamás me ha pasado esto. Siempre asusté y la gente corría como alma en pena de mis juegos, y esta niña no le teme a nada ni a nadie. ¿Acaso será la hija del Supremo? Y ahora, ¿qué hago? La niña seguía mirando arriba, abajo, en el gallinero, en el patio, entre los árboles, entre las plantas y nada. Pero, de repente sintió como si alguien cayera violentamente de uno de los árboles. ¡Ay! pobrecito, ¿quién será? Hola, ¿quién anda ahí? ¿Te golpeaste? Hola. El Pombero quiso escapar pero la niña le gritó: ¡Congelado!¡No te muevas! Seguro que te golpeaste muy mal. Quedate ahí mismo, yo te voy a ayudar. No, no puede ser que esto me esté pasando a mí, ahora verá mi cara y correrá como loca. No me gusta mostrarme a nadie pero ya que la ocasión exige… Y el viejo Pombero se dio la vuelta para mirar de frente a la niña de ojos celestes.

Pero, mira un poco, un indiecito travieso que escapó de su mamá. Vení, yo te voy a curar, seguro que te golpeaste muy mal. Vení, vení. Y lo estiró de la mano. El pobre Pombero se sintió conmovido al sentir la blanca y suave mano de la niña rozar su dura y velluda piel. En su milenaria existencia jamás había sentido semejante tersura y calidez. Se emocionó y sintió algo acuoso que le llenaba los ojos. ¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando? Pensaba el confundido Pombero mientras la niña le hacía sentar en una silla de mimbre en la galería de la casa.

A ver, a ver…contame qué te pasó y cómo llegaste a parar en mi árbol. Ya sé, ¿te enojaste con tu mamá?, ¿tu papá toma mucha caña y te maltrata? El silencio seguía en el aire, mudo, absorto, confundido. A ver, a ver… tuviste hambre y saliste a buscar algo de comer. Esperame un ratito que te traigo un vaso de leche y un pedazo de torta que mi mamá hizo esta tarde. La niña desapareció por un momento.

¿Qué hago? ¿Me voy o me quedo? Esto si que no me lo esperaba. Pero, ¿quién es esta niña que no se asusta de nada y me cuida tan bien? Es rubia, seguro que es la hermana de Jasy Jatere y habrá oído hablar de mí; por eso no me tiene miedo. O tal vez, ella sea Jasy Jatere. No, no puede ser. Yo me estoy volviendo viejo y loco. ¿Estaré soñando? Pero yo no duermo de noche. O quizá mi compadre argentino me esté haciendo una broma. Pero, a él no lo veo desde que terminó la Guerra Grande. A ver, a ver ¿qué comí hoy? Habrá sido esa planta que mastiqué esta mañana. Sí, esa planta que tiene grandes poderes según los brasiguayos y que no se cansan de plantar por esta zona y en el Amambay. Eso es, nunca más voy a morder esa hoja que me hace ver estas visiones. Todo esto es una alucinación. Esta casa no existe, esa niña tampoco…

Ya vengo mi querido amigo. Te calenté un poquito la leche y esta torta de chocolate te va a gustar muchísimo. Tomá, mi mamá la hizo con mucho amor. Le puso un pedazo en su gran mano y le tomó de la quijada para hacerle tomar la tibia leche. Pombero, sin querer, escupió el sorbo. Ah, no estás acostumbrado a alimentarte bien, indiecito. Abrí la boca grande y toma todito esta rica leche. Te va a hacer muy bien. Sin darse cuenta el viejo Pombero obedeció y en segundos sintió en su estómago el bailoteo del blanco líquido. Ahora comé tu torta, está riquísima. Continuó obedeciendo y así saboreó algo que no se igualaba, ni por nada, al petÿ, al huevo crudo ni a la caña blanca. Se sintió tiernamente asqueado de sí mismo y después de un cierto tiempo dio otro mordisco al pedazo de torta. El sabor del chocolate arrancó una primigenia sonrisa de los labios milenarios del Pombero. Te gustó, ¿no?

La oscura y fría noche se paseaba por las selvas del Ka’aguasu. El viento sur la llevaba de la mano entre los árboles, las chozas, las casas, las estancias. Ella iba clavando sus fríos colmillos en los huesos de los pobres, de los indígenas, de los desposeídos, de los que ya perdieron hasta la razón de la existencia en la cristiana sociedad paraguaya. Ella, la oscura noche, reina de las tinieblas, se enorgullecía ante el miedo, ante el temor, ante el pavor de la gente y lucía su tenebrosa corona con una sonrisa que mostraba sus afilados dientes congelantes.

El Pombero masticó su torta de chocolate con placer. La niña lo observaba y le sonreía con ternura. Él no comprendía por qué esta niña no le temía. ¿Por qué tanta paz en sus ojos? ¿Por qué el amor hacía un ser tan monstruoso como él? Cualquier niña hubiera gritado y corrido pero para ésta era absolutamente normal tomar de la mano y hablar con el temido genio de las selvas paraguayas. El confundido Pombero no resistió más y preguntó:

- Mba’egui nderekyhyjei chehegui?

- Yo no le tengo miedo a nada. Vos y yo podemos ser amigos. Yo tengo muchos amigos indios.

- Nde reikuaa mavapa, che?

- Un indiecito.

- Che cherera Pombero.

- Y yo Ramonita. Mucho gusto (le estrechó la mano).

- Mba’egui nderekyhyjei chehegui?

- Porque Dios y su hijo Jesucristo están conmigo.

Al escuchar esto el Pombero abrió los ojos enormemente y rugió como un jaguarete. Shhh! ¡No te vayas a poner así! Ellos no son malos. Volvió a rugir y a retorcerse en el suelo. Jesús me ama a mí y te ama a vos también. ¡Quedate tranquilo! El Pombero obedeció. Él hizo la selva, el agua, el sol, la luna, el viento. Él murió y resucitó por los paraguayos, los indios, los negros y los rubios como yo. Él te quiere perdonar todo lo malo que hiciste y quiere vivir en tu corazón.

¿Murió? ¿Resucitó? ¿Perdonar todo lo malo? ¿Vivir en mi corazón? ¿Qué es eso? pensaba el turbado Pombero. ¿Quién era ese que perdonaría sus mil años de maldad? ¿Quién era ese que tenía el poder de volver de la muerte? En medio de la confusión comenzó a decir:

- Che cheñañaiterei.

- Todos somos malos.

- Ajapo heta mba’evai.

- Yo también.

- Nde?

- Sí, algunas veces digo mentiras, me peleó con mis hermanos, no obedezco a papá, robo las naranjas del vecino…

- Che hetape amondyi ha hetape ainupa tape po’ipe.

- Jesús te va a perdonar todo eso.

- Hetape ajapi itape.

- También eso te va a perdonar.

- Amonda heta ryguasu rupi’a.

- Todo eso te va a perdonar.

- Mba’eicha?

- Así.

Ramonita tomó su peluda mano y elevó la oración de arrepentimiento. Pidió a Jesús que viniera a la vida de Pombero y le limpiara con su preciosa sangre de toda la maldad que hizo durante toda su vida. Rogó también que su paz reposara en el corazón de su amigo por siempre y para siempre.

El pobre Pombero lloraba… y lloraba… y lloraba... Las lágrimas desconocidas por él bañaban sus peludas mejillas. Su nariz chorreaba sin parar y los gemidos se apresuraban por salir de su garganta. Se postró en el suelo y Ramonita le pasaba sus sedosas manos por su áspera y sucia cabellera. El Pombero parecía haberse arrepentido de todas sus fechorías.

La madrugada iba cediendo paso al alba cuando Pombero levantó los ojos y miró con agradecimiento a su nueva amiga. Por primera vez en la vida posó sus negras manos sobre las blancas mejillas de una niña. Ella le sonrió. Él escapó trepando y saltando por las copas de los árboles para perderse en la boscosa espesura de las selvas del Ka’aguasú. A lo lejos quedaba Ramonita, lo observaba sonriente. Luego entró a la casa, apagó el televisor y fue a dormir las pocas horas que quedaban de la madrugada.

El Pombero despertó feliz en medio de un caraguatal. A su alrededor había un montón de “pombero rekaka”. Se levantó con la convicción de que algo trascendental le había ocurrido la noche anterior. Al acercarse al arroyo para lavarse la cara vio su imagen reflejada en el agua. Se contempló una y otra vez y decidió cambiar de look. Ahora sería como cualquier humano, como cualquier paraguayo. Buscó enseguida aquel machete robado de un campesino sin tierra y comenzó su sesión de embellecimiento. Se cortó el pelo, se moldeó un poco las mejillas con el mango del machete, mojó las cejas con su saliva y se puso la camisa y el pantalón hurtados de uno de los asentamientos de San Pedro. Lo que no encontró fue un par de zapatos sacados a escondidas de un indígena mbyá. Así descalzo emprendió camino hacia su nueva vida en la ciudad.

Al llegar al pueblo todo el mundo le miraba y salía de su camino.

- Mava piko pea?

- Nadaikuaai.

- Oimeneko Pombero mba’ehina, porque ivaietereiningo.

- Pero opukavyningo.

- Pombero piko iñamable?

- Moö piko jaikuaapata, che amami de Dio.

Buscó trabajo en el mercado y le dieron el puesto de carretillero. Quería aprender a leer y se fue a la escuela nocturna. Todos sus compañeros eran ancianos desdentados que se reían de él y le tentaban diciendo.

- Pombero hü!

- Pombero ky’a!

- Pombero në!

- Pombero vai!

Él mismo se desconocía al no asustarlos ni tirarles piedras. Sólo les sonreía y seguía su nueva vida de aprender a leer, a escribir, a calcular y por sobre todas las habilidades la de dar lindos discursos sobre el Paraguay, sus selvas, su fauna y su abundante cabellera de aguas. Pombero comenzó a ser respetado y respetable.

Una noche escuchó hablar a la profesora sobre la ética y especialmente sobre el valor de la honestidad. Allí recordó que le embromó al chipero esa mañana, que tomó el jugo de Ña Lorenza y no le pagó, que no le entregó su vuelto a Ña Concepción, que devolvió el boleto al colectivero y que copió de Vicente en el examen de Ciencias. Casi se sintió culpable pero escuchó una voz interior que le decía: No te preocupes, todo el mundo lo hace. Y siguió escuchando atentamente la clase.

Pombero tenía grandes aspiraciones y su edad no le era ningún problema. Quería seguir Derecho y si es posible llegar a ser gobernador, ministro o presidente de la república. Consiguió colgar de su cuello un pañuelo colorado y colocar en su cabeza un gran sombrero piri. Hablaba el guaraní como ninguno y no tardó en candidatarse para ser gobernardor de su departamento.

Ahora ya no andaba vagando por la selva sino que se paseaba en un Mercedes con chofer y todo. Su campaña fue un exitazo. Todo el mundo gritaba:

- Tres hurras tres por tres para Pombero, ¡piripipipí!

- ¡Pipipi!

- ¡Piripipipi!

- ¡Pipipi!

Ganó las elecciones y comenzó a dar cargos a sus amigos y trajo a sus parientes de las distintas selvas paraguayas y los colocó en las diferentes direcciones de su gobernación. Él y su comitiva sacaban grandes tajadas de los proyectos para mejorar los caminos o para construir una escuela o un hospital. De súbito, el gran departamento de Caaguazu se hallaba dominado por pomberos, pomberas y pomberillos que conseguían rubros de maestros hasta para su choferes. Pombero estaba feliz con todos sus logros, pero el pueblo cada día sufría más y más.

Miles de paraguayos comenzaron a pedir prestado nacionalidades extranjeras, los niños morían de hambre, en los hospitales abundaban médicos que consiguieron sus títulos en universidades truchas, las calles estaban repletas de caballos locos, de mendigos y de taxi boys. Los que tenían conexiones con su gobierno vivían en la opulencia, los pobres se rebuscaban en los basureros.

Mientras el pueblo procuraba seguir masticando las ansias de vivir, Pombero se pasaba cantando y orando en la iglesia. No faltaba un solo domingo para el servicio y aportaba grandes sumas de dinero para ayudar a los pobres. Cuando escuchaba el sermón lloraba, y lloraba, y lloraba. Se sentía el ser más miserable del universo, pero al salir de la iglesia continuaba con sus negocios, que la prensa se encargaba de diseminar a los cuatro vientos.

Su hambre de poder no tenía límites. Si conseguí la gobernación por qué no podría conseguir la presidencia. Hablaré con su excelencia para que me apoye una vez terminado su mandato, si total el Paraguay fue mi hogar y siempre lo será. Yo soy de estas tierras y todo me pertenece.

Con estos pensamientos fue a Asunción aquella tardecita de invierno a entrevistarse con la máxima autoridad paraguaya. Su coche se deslizaba suavemente por el Paraguayo Independiente y paró justo al lado de la explanada de la Catedral Metropolitana donde una joven rubia de ojos azules estaba predicando sobre el arrepentimiento.

Todos debemos apropiarnos del arrepentimiento. Un verdadero cristiano obra honestamente, piensa en el prójimo, ama al prójimo y lucha por el prójimo. Arrepintámonos y conozcamos al Dios de la Verdad. Despojémonos de nuestras máscaras y miremos a Dios cara a cara. La gente se apretujaba para oírla. Pombero se acercó. Pombero la reconoció. El que ama más el dinero y se olvida de su semejante no es de Dios. El que dice que es cristiano debe demostrarlo en sus obras. La verdadera fe lleva frutos. Este país ora a Dios de boca para afuera, pero su corazón está lejos de Él.

Pombero se sintió confundido una vez más. Ramonita lo vio y se acercó a él. Pombero, convertite de verdad. Deja de ser Pombero y sé Cristiano. Vos decís que sos cristiano pero raspate un poco la piel y te encontrarás Pombero.

Pombero no resistió estas palabras. Ordenó a su chofer volver a Caaguazú. La entrevista quedó sin efecto. El chofer atropellaba señales y hacia correr el auto a toda velocidad. Llegaron al anochecer. Pombero descendió del vehículo y se dejó llevar por sus pasos hacia la selva. Trepó los árboles y corrió por sus copas hasta llegar a un caraguatal donde se encontró a sí mismo arrancando con sus dos manos velludas grandes hongos grisáceos, y los comía, y los masticaba y los deglutía, y los comía, y los masticaba y los deglutía mientras iba caminando por las selvas del Ka’aguasu hasta llegar a una casita con luz donde una niña rubia y de ojos celestes miraba un programa infantil titulado “El Pombero convertido al Cristianismo”.