viernes, 2 de mayo de 2008

Próxima novela: Todo en familia

- I -

La iglesia estaba adornada de un blanco inmaculado. La fragancia de las rosas blancas invadía la Catedral Metropolitana de Asunción de arriba abajo y de lado a lado. El caminero, por donde la novia se desplazaba temblorosa y sonriente del brazo de su padre, tenía la impresión de ser una nube hecha de tul. La feligresía adinerada, vestida de largo y de esmoquin, retornaba la sonrisa a Patricia Romano Rejala. Sus cinco falanges de la mano izquierda se prendían del brazo paterno como una ganzúa, y los derechos sostenían un trémulo ramo de rosas rojas que contrastaba, en gran manera, con su nevado traje de novia importado de París.

Esteban Romano estaba muy feliz de acompañar a su hija hasta el altar, aunque le hubiera gustado hacerlo ante un altar protestante y no precisamente ante uno católico. Olvidó por unos días su ortodoxia religiosa y se ocupó para que su hija fuera al matrimonio con su bendición y con su sonrisa evangélica para sus consuegros: unos empresarios muy renombrados en la sociedad paraguaya.

Los acordes de Mendelssohn cesaron cuando Gustavo Gutiérrez Villaverde se aproximó a recibir a la novia, y desde el fondo resonó el “Ave María” de Schubert en la cascada voz del tenor argentino Maximiliano Castellanos, quien no sólo arrancó unas lágrimas de las damas sino que también hizo vibrar el viril corazón de los caballeros. En primera fila estaba Alejandro Gutiérrez Villaverde. Él no disimuló en girar el cuello hacia atrás para contemplar mejor cómo su primo hacia temblar los vitrales del histórico y arcaico templo; uno de los más antiguos en el Río de la Plata.

Después del intercambio de anillos, una tierna voz de soprano, acompañada de un magnífico coro de cincuenta personas, embargó a la congregación en ternura con el inmortal “Himno al Amor” de Edith Piaff, cristianizado. El ambiente era una invitación al romanticismo. Varias parejas sintieron renacer el amor y suavemente se tomaron de las manos recordando el momento de su unión matrimonial. Para otras era sólo un rito más, ya que han escuchado las mismas melodías y han pasado más de tres veces por la misma ceremonia, pero no frente a un sacerdote católico sino que delante de un juez de paz o, quizás en algunas ocasiones, delante de un pastor pentecostal liberal.

Al besar el novio a la novia todos los asistentes respondieron con un estruendoso aplauso. Los padrinos se ubicaron luego a sendos lados de los recién casados y llovieron relámpagos de flashes sobre ellos. Los periodistas y fotógrafos de la prensa seria, y también de las amarillistas, estaban apostados en todas partes. Esperaban como pacientes pescadores poder pescar los chismes más frescos que pudieran surgir entre tan selectos personajes, que eran capaces de escamotear hasta una falsa invitación con tal de participar de la tan ansiada fiesta del himeneo entre Gustavo Gutiérrez Villaverde y Patricia Romano Rejala.

Maximiliano volvió a resonar desde la altura con la típica guarania paraguaya “Regalo de Amor” de Mauricio Cardozo Ocampo, y los novios comenzaron a dirigirse hacia la salida. La alegría y el amor se paseaban de banco en banco, como así también los peinados realizados por los mejores estilistas del país, como los vestidos confeccionados por las más famosas diseñadoras paraguayas, argentinas e italianas; como los perfumes franceses que emanaban de los cuellos y muñecas de las grandes damas, damiselas y caballeros que ostentaban sus joyas y sus dotes de buenos relacionistas públicos en un ambiente tan apropiado como en el que estaban: la iglesia.

Al llegar a la puerta del viejo templo un torrente de arroz, traído especialmente de Chile, se desbordó encima de los novios y en el atrio se encendieron fuegos artificiales para dar la bienvenida a los nuevos esposos. Todos asaltaron a la juvenil pareja con besos, abrazos y buenos deseos. Mientras tanto, a cierta distancia, una población andrajosa de indígenas que acampaba en las inmediaciones de la plaza del ex Cabildo los contemplaba con hambre en el estómago y con grandes resentimientos en el alma.

Esteban Romano y su esposa Rosaura, al ver semejante escena, se apresuraron a subir al auto que los llevaría al Yacht y Golf Club Paraguayo. Lo mismo hicieron Greta Villaverde y Antonio Gutiérrez sin detenerse a recibir más congratulaciones. Por su parte, Soledad Martínez de Villaverde apenas se prendía del brazo de su marido: Héctor Villaverde. Ella estaba como preocupada, mirando hacia la distancia como si temiera que alguien subiera de la Chacarita. Esther Derksen de Villaverde no se apartaba ni un segundo de su amado José Antonio Villaverde, a quien colmaba de besos y abrazos hasta el cansancio. Ella era muy afectuosa, pero sólo en público. A todos ellos les encantaba ser vistos. Las damas se contoneaban de aquí para allá para hacer gala de sus trajes confeccionados en forma exclusiva para el casamiento. Los caballeros se estrechaban las manos o se confundían en un gran abrazo de oso. Todos iban, entre abrazos, besos y apretujones hacia sus lustrosas camionetas japonesas o hacia sus inigualables Mercedes Benz o sus BMW, ignorando muchas veces el pedido lastimero de los harapientos niños: Dame moneda, señor. Yo te cuidé tu auto kuri. Dámena para comprar pan, señor. Yo ko tengo hambre, don.

El último en salir de la iglesia fue Alejandro, quien esperó a Maximiliano con paciencia, ya que literalmente fue atacado por una horda de mujeres muy elegantes que querían verlo de cerca, que lo querían tocar, que le daban sus tarjetas, sus correos electrónicos y halagos y alabanzas y glorias. A Maximiliano le encantaba ser el centro de atracción. Pensaba que el mundo giraba alrededor de él, que solamente existía él y él y él. Alejandro lo contemplaba desde uno de los laterales de la vieja catedral y pensaba para sí: ¡Este si que es un kurepa de verdad! ¡Se cree el dueño del mundo!

En medio del esplendor de semejante festejo en el atrio de la vieja catedral, de súbito resonó secamente un tambor en manos de un cacique, bajo, bien fornido y de larga cabellera negra; y una multitud de casi doscientos indígenas compuesta por ancianos de cabellos blancos, mujeres con el pelo enmarañado, hombres con el torso desnudo y niños harapientos comenzaron un miserable desfile por las calles Independencia Nacional y el Paraguayo Independiente. Los invitados, que aún retardaban su salida, quedaron mudos, estupefactos. Hasta el novio y la novia permanecieron en silencio y boquiabiertos. Habrán pasado tres minutos del desfile cuando al unísono se escuchó como un coro fuerte y triste, triste y profundo: ¡Mondaha! ¡Jukaha! una y otra vez hasta perderse lentamente en la Avenida República, detrás del Congreso Nacional.

Ante esta sorpresa de mal gusto, los novios y los chuchis de la capital paraguaya no tardaron en montarse en sus espectaculares vehículos y rajarse a toda máquina hacia el Yacht y Golf Club Paraguayo.

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