lunes, 31 de agosto de 2009

Madame Lynch. Una reina sin corona

Capítulo veintiocho: Recuerdos de Acosta Ñú.
¡Al ataque! Prorrumpía la voz del Conde D’Eu en las llanuras de Acosta Ñú, rodeadas de serranías en la distancia. El trote de los caballos resonaba en los oídos de los pobres y míseros niños escuálidos del Paraguay, que por imposición de López se predisponían a luchar contra el ejército imperial del Brasil al mando del yerno de Pedro II: el afeminado francés Conde D’Eu, cuyo amigo brasileño el General Mena Barreto, con quien compartía mesa y cama, había sido asesinado por un moribundo soldadito paraguayo, en Piribebuy el 12 de agosto de 1869. Sonaron los fusiles, se cruzaron las bayonetas. La sangre salta a borbotones, la cabeza de un niño es cortada al filo de una espada, el cuerpo de otro niño es atravesado a puntas de bayonetas. La lucha es encarnizada. Los famélicos soldados logran derribar a un macaco, a otro. Una madre carga los cañones con vidrio, o con curuvicas de piedra. Otra mujer lancea a un brasilero, se le corta el brazo, en un rato es degollada. Otro niño de seis años grita: ¡Mamá! En segundos el grito se le apaga en el vacío al ser decapitado por los filos del enemigo. Una pierna, un brazo, otra cabeza y otra son el blanco de los genocidas brasileños. La desesperación cunde, el llanto de los menores es apagado por fusiles y bayonetas. Cae un caballo, y su jinete yace inerte en el pastizal. Su sangre corre hacia el arroyo Yukyry. La lucha es desigual, por cada kambá brasilero que cae, diez son los niños que mueren. El Gral. Bernardino Caballero ya no resiste, su ejército se reduce cada vez más. Algunas madres, salen de las malezas para matar o para morir. Casi todas sucumben ante las balas asesinas del enemigo. No hay tregua, la despiadada lucha continua dejando a su paso un centenar, un millar de muertos. Seis horas de aguante, de resistencia y de muerte es lo que queda en las llanuras cordilleranas. La victoria está dada, la muerte ignominiosa del futuro del Paraguay encarnado en esos niños con bigotes pintados a carbón ha sido declarada. El resto de los pedazos de los cuerpos mutilados se extiende a lo largo y a lo ancho de Acosta Ñú. Bernardino Caballero huye, algunos niños sobrevivientes también. Muchas son las madres que, sumidas en gran llanto, buscan los cadáveres de sus hijos; los arrastran hacia la maleza pero la sed de venganza aún no se aplacaba en las entrañas del diabólico francés y ordena la quema de esas espesuras. Antorchas vivientes salen corriendo de los bosques, son mujeres, niños, niñas y ancianos. Su piromanía no tiene límites, el Conde D’Eu grita, goza, se excita, como lo hiciera en Piribebuy al quemar el hospital y violar todas las reglas de la guerra. No importó que hubiera heridos dentro del nosocomio improvisado. La orden era matar a todos, hasta al feto dentro del vientre de la madre; y los que lograban escapar del horno incendiado eran empujados a punta de bayonetas para incinerarse adentro. La crueldad del francés es exacerbada. Su odio hacia los paraguayos que mataron a su amante se insufla con el fuego del mismo infierno. Cae la tarde sobre Acosta Ñú, los ayes se van apagando. Un actor inglés que se encontraba en las filas del ejército brasilero va en busca del botín entre los cadáveres. ¿Qué podía encontrar entre los cuerpecitos de niños hambrientos, que obligados por la locura del Mariscal y de su dama derramaron su sangre en ese campo cordillerano? El hombre gritó para que los brasileros despertaran del sanguinario trance que aún estaban: They are just children!, y le hombre se cayó de rodillas para lamentarse por el infanticidio cometido. Su llanto tocó a algunos soldados enemigos, no así al Conde D’Eu que seguía bramando por más sangre de paraguayos.


Yo tenía diez años cuando ocurrió todo esto. Mi madre me colocó en la punta de un árbol de yvapovô, antes de ir a luchar con mis hermanitos en contra de los kambá. Todos ellos fueron descuartizados. Cuando los brasileros se fueron yo descendí del árbol y fui a buscar sus restos para enterrarlos. No los encontré, muchos cuerpos fueron carbonizados por la quema ordenada por el francés, y miles eran irreconocibles por las heridas y los golpes recibidos. Esta batalla sirvió para que López, la Madama y todo lo quedaba de su ejército tuvieran tiempo para seguir corriendo. La huida le costó al Paraguay la vida de más de cuatro mil niños, cientos de mujeres y cientos de ancianos. Algunas veces me pregunto a mí misma: ¿Por qué López permitió el exterminio de esos niños? ¿Por qué no dejó sus hijos para luchar en contra del enemigo? ¿Hasta cuando los paraguayos seguiremos matando a nuestros niños? Ellos también fueron el sacrificio inmolado por esta patria y siguen siendo. Cuando hace mucho calor, mi hija me pone el sillón de mimbre en el balcón, de allí miro las calles de Asunción y veo todavía, después de cuarenta años que terminó la guerra, niños mendigando en las calles, niños explotados en todas partes y niños maltratados por sus propios padres. ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? Me pregunto, seco mis lágrimas, tomo mi rosario y rezo por este sufrido Paraguay; y seguiré rezando para que nunca más surjan tiranos como López en nuestra querida nación. ¡Juana! Sí, mamá. ¡Tráeme el mate, por favor! Ya voy, mamá. Un momentito, ya voy, mamá.

1 comentario:

olgaescorripio dijo...

cada día que pasa detesto más a nuestros "héroes", que no fueron sino unos cobardes y egoístas, crueles y desalmados...cuál amor a la patria? se hubieran quedado ellos a pelear, como dice el autor, no ir escabullléndose hasta que liquidaran a casi todo un país...que triste nuestra historia, plagada de estos innombrables!!