viernes, 2 de mayo de 2008
Cr´tica a San Fernando
El Arlequín Teatro acaba de estrenar la obra San Fernando de Alcibíades González Delvalle. Una obra que representa la ruptura con la política estronista respecto a la “historia oficial” del Mariscal López que se nos fue contada en las escuelas y colegios del país durante la dictadura. En esta pieza teatral López es desmitificado. Se lo presenta como a un ser humano que duda, que lucha con sus conceptos de Madre y de Patria, con sus aciertos y con sus grandes errores: el fusilamiento de mucha gente, incluyendo el de sus propios hermanos y el de su cuñado, así como los azotes a su madre.
Desde el punto de vista técnico, se puede decir que la obra es una tragedia. Esto se refleja en la escenografía, la cual es toda negra como símbolo de la muerte y en las repeticiones al unísono (en forma de coro) de los poemas introducidos en la obra y algunas partes de la misma.
A esto se suman las luces: roja y un juego de claroscuro reflejando justamente lo bueno y lo malo o quizás la confusión que pudiera existir en el maniqueísmo de López y de todos los personajes caracterizados. Cada uno de ellos tuvo su lado oscuro y su lado claro. Vale la pena resaltar la excelente labor luminotécnica realizada que en este caso se convierte en un simbolismo dentro de la obra.
Por otra parte, el vestuario también juega esa antítesis claroscura. Todo es blanco y negro como en el caso del la sotana del obispo Palacios y el alba del padre Maíz. La lucha del bien y del mal se halla reflejada en el vestuario. Asimismo, esta paradoja se pudo notar en el vestido de Juana Pabla Carrillo y de los personajes que conforman el coro. Tal vez un poco de verismo pintado con sangre y suciedad no le vendría mal a la vestimenta de los sobrevivientes.
En cuanto al movimiento escénico, es digno de resaltar el juego cíclico representado en planos de supraestructura e infraestructura durante el segundo enfrentamiento entre los prelados. Esto es una lucha de poderes entre los religiosos que siempre pretenden influenciar a los tiranos de turno. Es un círculo que nunca termina. Sigue hasta hoy.
Respecto a la interpretación actoral, sobresale en gran manera la actriz Mariana Ferreira, (Doña Juana Pabla Carrillo), por su voz desgarradora, sus expresiones faciales y su movimiento trágico – dramático que refleja el hastío al enfrentarse a otro monstruo igual que ella: Pancho, su hijo. Realmente, que esta joven actriz es toda una promesa.
También, Pablo Ardissone estuvo muy convincente en su rol del obispo Palacios. Se lo vio aplomado y con mucha seguridad en la interpretación del antagonista del padre Maíz.
Y haciendo una breve síntesis, cabe destacar que todo esto se debe a una buena conjugación de elementos técnicos, dramáticos e históricos bajo la dirección de un experimentado director: José Luis Ardissone.
Para finalizar, diría que no es fácil desprenderse rápidamente de un personaje para tomar al otro, puesto que este tipo de trabajo exige mayor concentración, cambio de vestuario, de voz, de movimiento y hasta de actitud para encarnar al siguiente. Por lo tanto, sería mejor contar con un actor para cada personaje.
San Fernando es una excelente opción para aprender una etapa oscura de nuestra historia, que sigue repitiéndose sin que hayamos aprendido de ella. El teatro es un arma poderosa para educar y para examinar nuestra propia realidad, a fin de que lleguemos a ser criteriosos y no llegar a cometer los mismos errores.
San Fernando es una obra que debe ser estudiada no sólo en Literatura sino también en Historia, Antropología y Política. Insto a mis colegas docentes a llevar a sus alumnos al teatro y a realizar un gran debate, posteriormente, sobre el tema histórico representado en escena. Ellos se los agradecerán.
Próxima novela: Todo en familia
La iglesia estaba adornada de un blanco inmaculado. La fragancia de las rosas blancas invadía la Catedral Metropolitana de Asunción de arriba abajo y de lado a lado. El caminero, por donde la novia se desplazaba temblorosa y sonriente del brazo de su padre, tenía la impresión de ser una nube hecha de tul. La feligresía adinerada, vestida de largo y de esmoquin, retornaba la sonrisa a Patricia Romano Rejala. Sus cinco falanges de la mano izquierda se prendían del brazo paterno como una ganzúa, y los derechos sostenían un trémulo ramo de rosas rojas que contrastaba, en gran manera, con su nevado traje de novia importado de París.
Esteban Romano estaba muy feliz de acompañar a su hija hasta el altar, aunque le hubiera gustado hacerlo ante un altar protestante y no precisamente ante uno católico. Olvidó por unos días su ortodoxia religiosa y se ocupó para que su hija fuera al matrimonio con su bendición y con su sonrisa evangélica para sus consuegros: unos empresarios muy renombrados en la sociedad paraguaya.
Los acordes de Mendelssohn cesaron cuando Gustavo Gutiérrez Villaverde se aproximó a recibir a la novia, y desde el fondo resonó el “Ave María” de Schubert en la cascada voz del tenor argentino Maximiliano Castellanos, quien no sólo arrancó unas lágrimas de las damas sino que también hizo vibrar el viril corazón de los caballeros. En primera fila estaba Alejandro Gutiérrez Villaverde. Él no disimuló en girar el cuello hacia atrás para contemplar mejor cómo su primo hacia temblar los vitrales del histórico y arcaico templo; uno de los más antiguos en el Río de la Plata.
Después del intercambio de anillos, una tierna voz de soprano, acompañada de un magnífico coro de cincuenta personas, embargó a la congregación en ternura con el inmortal “Himno al Amor” de Edith Piaff, cristianizado. El ambiente era una invitación al romanticismo. Varias parejas sintieron renacer el amor y suavemente se tomaron de las manos recordando el momento de su unión matrimonial. Para otras era sólo un rito más, ya que han escuchado las mismas melodías y han pasado más de tres veces por la misma ceremonia, pero no frente a un sacerdote católico sino que delante de un juez de paz o, quizás en algunas ocasiones, delante de un pastor pentecostal liberal.
Al besar el novio a la novia todos los asistentes respondieron con un estruendoso aplauso. Los padrinos se ubicaron luego a sendos lados de los recién casados y llovieron relámpagos de flashes sobre ellos. Los periodistas y fotógrafos de la prensa seria, y también de las amarillistas, estaban apostados en todas partes. Esperaban como pacientes pescadores poder pescar los chismes más frescos que pudieran surgir entre tan selectos personajes, que eran capaces de escamotear hasta una falsa invitación con tal de participar de la tan ansiada fiesta del himeneo entre Gustavo Gutiérrez Villaverde y Patricia Romano Rejala.
Maximiliano volvió a resonar desde la altura con la típica guarania paraguaya “Regalo de Amor” de Mauricio Cardozo Ocampo, y los novios comenzaron a dirigirse hacia la salida. La alegría y el amor se paseaban de banco en banco, como así también los peinados realizados por los mejores estilistas del país, como los vestidos confeccionados por las más famosas diseñadoras paraguayas, argentinas e italianas; como los perfumes franceses que emanaban de los cuellos y muñecas de las grandes damas, damiselas y caballeros que ostentaban sus joyas y sus dotes de buenos relacionistas públicos en un ambiente tan apropiado como en el que estaban: la iglesia.
Al llegar a la puerta del viejo templo un torrente de arroz, traído especialmente de Chile, se desbordó encima de los novios y en el atrio se encendieron fuegos artificiales para dar la bienvenida a los nuevos esposos. Todos asaltaron a la juvenil pareja con besos, abrazos y buenos deseos. Mientras tanto, a cierta distancia, una población andrajosa de indígenas que acampaba en las inmediaciones de la plaza del ex Cabildo los contemplaba con hambre en el estómago y con grandes resentimientos en el alma.
Esteban Romano y su esposa Rosaura, al ver semejante escena, se apresuraron a subir al auto que los llevaría al Yacht y Golf Club Paraguayo. Lo mismo hicieron Greta Villaverde y Antonio Gutiérrez sin detenerse a recibir más congratulaciones. Por su parte, Soledad Martínez de Villaverde apenas se prendía del brazo de su marido: Héctor Villaverde. Ella estaba como preocupada, mirando hacia la distancia como si temiera que alguien subiera de la Chacarita. Esther Derksen de Villaverde no se apartaba ni un segundo de su amado José Antonio Villaverde, a quien colmaba de besos y abrazos hasta el cansancio. Ella era muy afectuosa, pero sólo en público. A todos ellos les encantaba ser vistos. Las damas se contoneaban de aquí para allá para hacer gala de sus trajes confeccionados en forma exclusiva para el casamiento. Los caballeros se estrechaban las manos o se confundían en un gran abrazo de oso. Todos iban, entre abrazos, besos y apretujones hacia sus lustrosas camionetas japonesas o hacia sus inigualables Mercedes Benz o sus BMW, ignorando muchas veces el pedido lastimero de los harapientos niños: Dame moneda, señor. Yo te cuidé tu auto kuri. Dámena para comprar pan, señor. Yo ko tengo hambre, don.
El último en salir de la iglesia fue Alejandro, quien esperó a Maximiliano con paciencia, ya que literalmente fue atacado por una horda de mujeres muy elegantes que querían verlo de cerca, que lo querían tocar, que le daban sus tarjetas, sus correos electrónicos y halagos y alabanzas y glorias. A Maximiliano le encantaba ser el centro de atracción. Pensaba que el mundo giraba alrededor de él, que solamente existía él y él y él. Alejandro lo contemplaba desde uno de los laterales de la vieja catedral y pensaba para sí: ¡Este si que es un kurepa de verdad! ¡Se cree el dueño del mundo!
En medio del esplendor de semejante festejo en el atrio de la vieja catedral, de súbito resonó secamente un tambor en manos de un cacique, bajo, bien fornido y de larga cabellera negra; y una multitud de casi doscientos indígenas compuesta por ancianos de cabellos blancos, mujeres con el pelo enmarañado, hombres con el torso desnudo y niños harapientos comenzaron un miserable desfile por las calles Independencia Nacional y el Paraguayo Independiente. Los invitados, que aún retardaban su salida, quedaron mudos, estupefactos. Hasta el novio y la novia permanecieron en silencio y boquiabiertos. Habrán pasado tres minutos del desfile cuando al unísono se escuchó como un coro fuerte y triste, triste y profundo: ¡Mondaha! ¡Jukaha! una y otra vez hasta perderse lentamente en la Avenida República, detrás del Congreso Nacional.
Ante esta sorpresa de mal gusto, los novios y los chuchis de la capital paraguaya no tardaron en montarse en sus espectaculares vehículos y rajarse a toda máquina hacia el Yacht y Golf Club Paraguayo.
jueves, 22 de noviembre de 2007
"EN EL NOMBRE DE LOS NIÑOS...DE LA CALLE - FRAGMENTO DE LA NOVELA DE NELSON AGUILERA.
Uno
Era una mañana fría de julio. Poca gente caminaba a esa hora por la calle Palma. La población asuncena retardaba su marcha diaria debido a la inusual temperatura de cero grado que marcaba el termómetro luminoso colocado en la Plaza de los Héroes por el último intendente liberal.
La mañana estaba dura y fría como el estaño. Garuaba tenuemente y el frío viento castigaba sin piedad a los niños de la calle, acurrucados aún entre los cartones y hules recogidos de las basuras. Uno, dos, tres niños tosían como perros viejos y se percibía el chillido de sus pechos como aullidos de gato.
Los transeúntes los ignoraban. Ya era tan normal verlos cuajarse por las esquinas aspirando cola de zapatero para matar al monstruo del hambre, que los iba devorando lenta e inexorablemente. Ya nadie se dignaba a perder un minuto en la escoria de una sociedad que intentaba ser postmoderna.
En medio de esa aparente calma y lasitud paraguayas arrastradas por el vaivén de los vientos políticos materialistas, se oyeron dos disparos que resonaron en todo el micro-centro. Los escucharon los empleados de bancos, las chiperas, los lustrabotas, los farmacéuticos y hasta los gerentes de las multinacionales y las presidentas de las organizaciones de ayuda a la infancia, cuyas oficinas se hallan entronizadas en los más altos edificios asuncenos.
El eco de los disparos venía de la Plaza de la Democracia. Una gélida neblina apenas permitía ver en el suelo a un hombre de más o menos veintisiete años. Era moreno, de grandes ojos marrones, abiertos, y de rostro triangular, bañado en sangre. Vestía un traje negro y un tapado de lana gris, también ensangrentados.
El cuerpo yacía sin pulso alguno. Todos murmuraban posibilidades. Las chiperas comenzaron a llorar pero nadie osaba llamar a la policía. Todos esperaban que los agentes del orden aparecieran por arte de magia en el lugar.
Algunos decían que fue un asalto, pero el oscuro maletín de cuero del joven y su billetera estaban intactos. Tampoco se veía una señal de lucha por ninguna parte. Otros suponían que habría sido un ajuste de cuentas entre traficantes de drogas o tal vez un crimen pasional.
Lo cierto es que sólo el eco de los dos disparos era el único testigo del hecho que despertó de su letargo y de su cansina modorra al centro de la capital paraguaya.
Dos
Los vestidos de shantú, de organza y de seda blanca de las señoritas debutantes se rozaban con los nevados fraques de los padres y pretendientes alborozados, en medio de fragancias parisinas y valses vieneses, acompañados por el tintineo de las copas de cristal rebosantes de los champañas franceses y vinos californianos, que se encargaban de alegrar las pomposas fiestas de la gente más copetuda del Paraguay, en uno de los más prestigiosos clubes creado a expensas de las lágrimas, sudor y sangre de los obreros paraguayos.
La risa, el jolgorio y el humo eran los huéspedes de honor en esta celebración importada del siglo XIX europeo por esta perdida república que olvidó su origen y se engalana vistiendo unas máscaras foráneas prestadas o quizás robadas del viejo continente.
Toda la admiración y elogios eran para las jóvenes que desplegaban con donaire los pasos y modales ensayados por horas con la experta argentina contratada para tan importante ocasión. La coreógrafa tenía que ser argentina de Buenos Aires, no de cualquier provincia campechana que podría restar importancia al evento.
Los fotógrafos encandilaban con sus flashes a las damiselas, que no paraban de exhibir sus blancos y parejos dientes fabricados, en algunos casos, por los estilistas de sonrisas, y sus cinturitas de avispas logradas gracias a las rígidas dietas impuestas por las madres, las modistas y las amenazas de la anorexia, que en más de una oportunidad golpeó a la puerta de estos estómagos juveniles con desmayos en los colegios, donde directoras y profesoras corrían para llamar al servicio de Emergencias.
La pista se llenó de blanco cuando sonaron los acordes de los valses vieneses. Las jovencitas pasaban de un brazo a otro y todo el mundo comentaba quien bailaba mejor y quien era torpe para seguir acompasadamente el ritmo de tres tiempos de las importadas y adaptadas cadencias.
De todas, podían decir que no aprendieron bien los pasos ensayados, pero no de Mariela Hilguera Montenegro, que demostraba su talento de bailarina en los brazos de su padre, el senador Honorio Hilguera, y de sus tíos Carlos Antonio Hilguera y Juan Francisco Montenegro.
Los aplausos siguieron con los valses. Los padres y tíos iban dando lugar a los hermanos, primos y novios o pretendientes de las muchachas, y tomaban a sus esposas en un tono de nostalgia para deslizarse danzando y tarareando los valses vieneses como en antaño.
Mariela fue pasando de un brazo a otro hasta que cayó en los brazos de Federico, un joven moreno de ojos de miel que la miró con dulzura y la hizo girar tiernamente como si fuera una princesa en los brazos de su príncipe.
- ¿Quién es ese joven que baila con mi hija?- preguntó el senador a su esposa,-
- Es su compañero de colegio. -contestó Rosa.-
- ¿Hijo de quién?
- Creo que es de los Braun
- ¿Y es… su novio?
- ¡No! Es su amigo no más
Honorio apretó con más intensidad la cintura de su esposa que esa noche lucía más radiante que nunca con todas sus joyas puestas y con la panza lipoaspirada conseguida con miles de dólares en una clínica de Saô Paulo.
- ¿Quién es ese joven que baila con mi sobrina? –preguntó Juan Francisco Montenegro.-
- Es el hijo adoptivo de los Braun.- le respondió su esposa Clara.-
- ¿y es su novio?
- ¡No! ¡Qué va a ser! Si es un recogido de los Braun.
- ¡Ah! – replicó Juan Francisco.-
Y continuó danzando el vals como fuera una polca paraguaya mientras contemplaba la nueva nariz de su esposa, conseguida en una de las clínicas más cara de Buenos Aires.
Los valses dieron lugar a otros sones y la pista fue convirtiéndose en un circo penumbroso y multicolor que obligó a los padres y tíos cuarentones y a los que bordeaban las cinco décadas a sentarse alrededor de sus decoradas mesas y a reír, charlar, fumar y beber.
En una de las mesas se encontraban el senador Honorio Hilguera y su señora Rosa acompañados de Juan Francisco y Clara Montenegro. Junto a ellos estaba también el hermano del senador, el señor Carlos Antonio Hilguera, pero solo. Más tarde, cuando los smokings ya estaban aflojados y los moños negros guardados en los bolsillos, se acercaron a ellos Roberto Medina Oddone y María del Carmen Yañez Olivetti.
Roberto era un joven arquitecto de treinta y siete años y María del Carmen era una talentosa contadora de treinta y tres años. Ambos eran profesionales exitosos con dos hijos en edad escolar y amenazaban con tener el tercero en cualquier momento.
Una copa seguía a la otra y un cigarrillo a otro mientras comentaban sobre el plato servido, el postre, las decoraciones, la orquesta, las bebidas y las metidas de pata de las hijas de los más acaudalados.
Las damas comentaban en voz baja.
- Pero, ¿te fijaste en la Serratti?
- Sí, casi se cayó de la escalera – Todas rieron apretándose la boca.-
- ¿Y la Sotomayor?
- ¿De dónde se sacó ese modelo victoriano?
- Del baúl de su abuela.-más risas y ya no se taparon la boca.-
Juan Francisco llamó al mozo para que les llenara más de vino las copas mientras debajo de la mesa acariciaba con su pie derecho las tersas piernas de María del Carmen, quien no se molestó en absoluto en demostrar algún desagrado.
Las conversaciones giraron luego alrededor de unas donaciones que unas entidades suecas harían a la fundación de la que todos formaban parte.
Las mujeres pararon de chismear y levantaron las orejas al escuchar la módica suma de cuatrocientos cincuenta mil dólares. Claro está – dijo el senador Honorio- que para tal efecto deberemos cambiar el nombre de la fundación y nombrar como presidenta a María del Carmen, que es la única que falta ocupar un cargo ejecutivo.
- Pero… ¿por qué yo?- preguntó tímidamente.-
- Porque Rosa y Clara ya son presidentas de otras fundaciones y no pueden ser presidentas al cuadrado- contestó el senador.-
Todos rieron mientras María del Carmen bajaba la cabeza en señal de duda. El caso es que – retomó Juan Francisco- nosotros tampoco podemos clonarnos para presidir las otras fundaciones, y el tacto femenino para estas cuestiones de niños es el mejor indicado.
Claro mi cielo – dijo Roberto a su esposa tomándole el mentón entre sus dedos – vos sos la única que puede realizar este trabajo en pos de la niñez necesitada y abandonada de nuestro querido Paraguay.
María del Carmen volvió a sentir en sus piernas el pie de Juan Francisco y aceptó el cargo esperando que por lo menos una gota de amor cayese en su resecado y huérfano corazón, y así tener fuerzas para ayudar a los desamparados niños de la calle.
La algarabía juvenil rebosaba en la pista. Todos gritaban al escuchar los nuevos ritmos tropicales que no respetaban fronteras sociales para llevar sus eróticas letras y sus compases provocantes hasta el más encumbrado centro cultural y deportivo del Paraguay.
Mariela y Federico danzaban sin parar. El creía estar en la gloria, ella creía estar pasando un lindo momento con un muchacho diferente.
La madrugada fue adueñándose de la fiesta y poco a poco los copetudos fueron abandonando el lugar montados en sus grandes y lujosos autos hacia sus monumentales mansiones, donde les aguardaban sus orgiásticas camas y la resaca mañanera. Mientras en las calles de Asunción el hambre, el dolor y el abandono flagelaban a los olvidados niños sin hogares.
CRÍTICA TEATRAL REALIZADA POR NELSON AGUILERA
“La Casa de Bernarda Alba” : Una reprise memorable!
Después de casi veinticinco años el Arlequín Teatro reprisa la célebre obra de Federico García Lorca. En ambas ocasiones, la misma, fue dirigida por dos Carlos. El primero fue Carlos Aguilera (uruguayo) y el segundo Carlos Benegas (paraguayo).
La obra puede ser analizada desde tres perspectivas: la literaria, la semiótica y la teatral propiamente dicha.
Desde la perspectiva literaria, teniendo en cuenta la teoría historicista, se puede decir que la obra es un reflejo de la situación vivida en la época denominada la España Negra, en la que la opresión y el uso y abuso del autoritarismo llevaron a la muerte no sólo al propio Lorca sino a cientos de miles de españoles que no aceptaron el régimen despótico y tiránico impuesto por Franco. Lorca, como artista, como ser sensible, plasma esta oscura realidad en su célebre obra cuyo estreno nunca pudo ver, ya que recién el 8 de marzo de1945 la estrena Margarita Xirgu en el Teatro Avenida de Buenos Aires a casi diez años del fallecimiento del poeta. La obra es una tragedia y nos presenta la lucha entre el libre albedrío y el fatalismo cuyas bases pueden ser discutidas en gran manera con un grupo de alumnos.¿Era libre Adela de elegir vivir sin Pepe el Romano o el suicidarse era su destino?
Desde la perspectiva semiótica y teatral podemos resaltar la escenografía, las luces, el vestuario, la caracterización, la utilería, la música, la interpretación y la dirección.
La escenografía hecha por José Luis Ardissone es el gran acierto de la obra ya que las ideas del encierro, del encarcelamiento y de la opresión están dadas por la utilización de los tejidos que hacen que los que están dentro o fuera del mismo igualmente estén atrapados bajo las garras del autoritarismo de Bernarda (Edith González Frutos). Así vemos, que tanto la Poncia (interpretada por Amada Gómez) que hace de “carcelera”, como las hijas de Bernarda (Alejandra Ardissone, Mariana Ferreira, Andrea Arriola, Maggy Rojas y Sair Gamarra) se convierten en “prisioneras” en los dominios de Bernarda. Las formas puntiagudas utilizadas reflejan dolor, dolor por la muerte, por la soledad, por el encierro, por una vida sin sentido bajo el cetro de una madre castradora.
Por otra parte, las luces juegan un papel simbólico entre la aparente tranquilidad de la noche (azul) y la pasión, la sangre vertida por la pérdida de la virginidad como por la muerte de Adela (roja). En cuanto al vestuario, predominaron el blanco y el negro, que para muchos son la ausencia de color como lo fue la vida de todas las hijas, las criadas y de la propia Bernarda. ¿Puede haber color en un mundo donde haya un mandamás y los demás estén oprimidos bajo el yugo del autoritarismo? La única que trata de romper esta opresión es Adela que se presenta con un vestido verde que simboliza las ganas de vivir, la juventud, la esperanza de una vida mejor que para todo ser tirano son sinónimos de rebelión.
La caracterización de Martirio (penca y jorobada) interpretada por Mariana Ferreira, cuya voz baja y cascada acompaña muy bien la expresión corporal defectuosa de su personaje y los sentimientos del mismo, hace que la maléfica intención sea transmitida de una manera espeluznante. También tenemos a un personaje lunático como María Josefa (interpretada por Rosa Barrios) cuya voz estridente rompe con todos los tonos para dar ese ambiente de desquicio donde no hay vida, donde no hay espuma (símbolo del varón) y donde no hay libertad (el mar).
En cuanto a la utilería, tenemos el abanico rojo dado por Adela a su madre en el día de la muerte de su padre. Este acto es una afrenta, un deseo de contradecir los cánones sociales hasta en la muerte. Por cierto, Adela (Andrea Arriola) hace esto en todos sus actos, desde el comienzo hasta el fin de la obra, hasta con el símbolo fálico (el bastón) representado en las manos de Bernarda.
La música está muy bien, es andaluza aunque hubiera sido bueno no eliminar la poesía de los segadores sino llevarla a la música propiamente dicha. Continuando, podemos hablar de la interpretación dada entre actrices de larga trayectoria y actrices nóveles. Hubo momentos de una interpretación profunda en la que los personajes afloraban por encima de las actrices, especialmente en el enfrentamiento de Martirio y Adela y en el final, que por cierto fue enérgico, vibrante y apoteósico.
Finalmente, se puede decir que la dirección tuvo un arduo trabajo. Hay ciertas introducciones muy llamativas como: la danza de Magdalena, la eliminación de ciertos personajes secundarios y la inclusión de sus parlamentos en boca de los personajes principales, la elipsis de la escena de la cena, la unificación de los tres actos en uno y la idea del encierro entre el primer acto y el segundo. Por otra parte, la colisión de tonos entre las voces de los personajes, los efectos de la noche, los símbolos fálicos del cigarro y el bastón entre otras cosas. Quizás con un poco de esfuerzo se podría mejorar el sonido y darle un poco más de ritmo a la obra, especialmente en el “intermezzo” entre el segundo y el tercer acto, pero aún así podemos congratular tanto a actrices, director, escenógrafo y todos los que componen el elenco del Arlequín Teatro.
Así vemos que la conjunción de lo literario, lo semiótico y lo teatral nos ofrece un espectáculo trágico que en algún momento y quizás siga haciéndolo: reflejó y refleja a la sociedad en que vivimos.
La Casa de Bernarda Alba es una producción nacional digna de ser vista, analizada y apoyada. ¡Un gran aplauso para todos los que la componen!
Nelson Aguilera (actor, escritor y profesor de Literatura)



